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La ilusión de la forma

  • ignaciodmch
  • 11 jul
  • 4 min de lectura

"Lo innombrable es lo eternamente real.

Nombrar es el origen de todas las cosas particulares.

Libre del deseo, comprendes el misterio.

Atrapado en el deseo, solo ves las manifestaciones."

Lao Tse


"Telephone Booths", 1967, Richard Estes
"Telephone Booths", 1967, Richard Estes

Últimamente he conversado mucho con un alumno sobre el tema del realismo. Él se encuentra aprendiendo dibujo; está feliz con su programa de estudios, digamos "académico", en donde vemos proporciones, figura humana, retrato y sombreado. También está orgulloso de su avance, y yo muy contento de sus logros. A pesar de que estudiar dibujo le hace sentido, una y otra vez me pregunta ¿Por qué nos atrapa tanto la forma?


No me parece una pregunta menor, más aún cuando esta pregunta me llega en un momento de crisis respecto de por qué pinto lo que pinto. ¿Por será qué nos es tan atrapante el realismo, la técnica, la mímesis? ¿Por qué dedico tanto esfuerzo en copiar y tan poco en crear? Acá se encuentra un punto tremendamente sensible para aquellos que estudiamos realismo: La mayor parte de las veces nos inscribimos a clases para aprender a dibujar o pintar, refiriéndonos con eso a desarrollar una mejor técnica para, en el fondo, hacer lo que queremos. En el camino vamos viendo como la técnica nos da más, nos da mejores resultados, cada vez más pulidos, cada vez más similares a la realidad material. En eso descansamos, nos achanchamos, nos volvemos sumamente críticos y, poco a poco, vamos dejando de explorar.


"FlaminGod", acrílico, pasto, flores y herradura sobre madera, 2019, Ignacio Domenech
"FlaminGod", acrílico, pasto, flores y herradura sobre madera, 2019, Ignacio Domenech

"La perfección de la forma te acerca a la satisfacción del ego." reflexionó mi alumno. Con esto se refería a que en el realismo uno va encontrando seguridad, que se afirma el autoestima al ver que lo que pintamos queda bastante parecido a su referencia. Creo que acá está el origen de un problema moderno (aunque no contemporáneo) en relación al arte, el problema de validarse con el modelo.


¿Te has preguntado por qué los jeroglíficos se encuentran con una perspectiva lateral o por qué los íconos bizantinos están frontalizados? Los niños tienen una sólida respuesta. Ellos no están preocupados de la tridimensionalidad de los objetos, más bien conceptualizan las cosas, no sin cierto estilo, pero sus dibujos son generalmente reconocibles, cosa que ocurre al ocupar un lenguaje simbólico. El lenguaje simbólico permite utilizar un signo que se va cargando de significado, tanto por el creador, como por el espectador, su bagaje cultural y los consensos sociales en torno a ese símbolo.


Papiro de Pasherashakhet (detalle), Egipcio, 375–275 BC, Tinta en papiro
Papiro de Pasherashakhet (detalle), Egipcio, 375–275 BC, Tinta en papiro

Lo bidimensional (el 2D) nos propone un vínculo más directo con el mundo de las ideas, con aquello que no es táctil o inmediatamente verificable. No pretende reproducir la realidad o describir la materia, más bien alude a un concepto superior (Dios, vida, muerte, Padre, Madre). En cambio, la tridimensionalidad (3D) nos remite al plano material, está en cercanía con lo que vemos, es descriptivo de texturas, de juegos de luces y de espacialidades.


"La vocación de San Mateo", 1599, Caravaggio
"La vocación de San Mateo", 1599, Caravaggio

Es curioso pensar cuánto tiempo como dibujantes o pintores nos dedicamos a generar la ilusión de tridimensionalidad en un soporte bidimensional. Es a la vez mágico y artificioso, trampa y superación. Es una de esas cosas cautivantes de la pintura. No es que esté mal engañar al espectador haciéndolo creer que ve espacio donde solamente hay pinceladas, la pregunta es: ¿Para qué lo hago?.


Acá entran en juego dos vías que transitan en paralelo: lo objetivo y lo subjetivo. Hay parámetros objetivos por los cuáles una obra de arte es considerada buena (composición, arreglo de colores, narrativa, ejecución), porque sino daría lo mismo saber o no saber, mientras que hay un camino menos técnico, más sensible, idóneo para trascender el medio en que se desarrolla la obra. En esto mi alumno fue muy certero al mostrarme que lo subjetivo no es el capricho egótico del individuo (esto me gusta porque YO lo digo y así lo siento), lo subjetivo es la cercanía a la idea, tan próxima que su manifestación es prácticamente imposible de capturar o, mejor dicho, no tiene una verdad única porque cada individuo la ve desde su posición, contexto y época. Esto es visible cuando juntamos cuadros de la misma temática hecho por distintos artistas. Y es que ninguno será igual al otro, si encargas pintar a 9 personas el mismo motivo, como "La virgen y el niño", terminarás con 9 obras distintas, eso es lo subjetivo.


"La Virgen y el Niño", motivo religioso pintado por distintos autores.
"La Virgen y el Niño", motivo religioso pintado por distintos autores.

Entonces, ¿de qué vale todo esto?

En un poemarío que compré hace tiempo encontré una frase que recuerdo seguido: "el arte mediocre describe, el buen arte evoca.", y creo que el arte tiene que ver con el juego de ese evoque. Nos entrenamos en lo descriptivo para contar con un amplio lenguaje que, idealmente, nos permita desenvolvernos mejor en nuestra obra, que nos abra más vías de tránsito y más dimensiones de expresión. Pero no por volvernos buenos describiendo tenemos que mencionar en nuestras obras todo lo que vemos, esto nos llevaría al exceso, la soberbia o el aburrimiento.


Creo que la obra es un diálogo con el espectador, donde el artista propone, en un medio, una temática, con un lenguaje particular, expresa un mensaje que puede ser directo o cifrado, elocuente o tosco, simple o complejo, e invita a quien ve la obra a responder, completar o simplemente percibir. Creo también que esa obra se vuelve verdadera cuando uno se pregunta qué tiene para dar y qué rol espera que encarne el espectador.


El artista, entonces, se vuelve el alambique que sintetiza una obra única, más única cuanto más verdadera, más directa en tanto más esencial. Y como nadie puede percibir del mismo lugar, y la percepción que tengo de mí es distinta a la que tienen de mí, cada obra mostrará tan solo 1 de las 1.000 caras de la verdad.

Grabado Japonés ukiyo-e del período Edo, titulado "Onoe Kikugoro como Kintaro", creado por el artista Utagawa Toyokuni I alrededor de 1818.
Grabado Japonés ukiyo-e del período Edo, titulado "Onoe Kikugoro como Kintaro", creado por el artista Utagawa Toyokuni I alrededor de 1818.



 
 
 

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